El encanto del barrio histórico de La Candelaria, donde se entrelazan las vidas de muchos colombianos y extranjeros, también cautivó al arquitecto estadounidense Eric Witzler. Él encontró en este barrio, en el que se entreteje la vida política, social académica y religiosa del país, el lugar para establecerse. Vino de visita a Colombia hace ya casi 40 años, y desde hace 36 vive en La Candelaria, que considera un microcosmos rico en expresiones culturales y sociales.
Allí retomó una casa republicana del siglo XVIII, que había sido un inquilinato, y la remodeló junto con sus socios, los arquitectos colombianos Francisco Jiménez, Marta Devia y Rafael Vega. El lugar, dice, se convirtió en un “estudio de caso”. Pasó de ser una construcción maciza con gruesos muros portantes y vanos pequeños, a una edificación en hormigón caracterizada por sus amplios ventanales, columnas y espacios abiertos. Uno de los elementos más importantes de la nueva construcción, según el arquitecto, fue la implementación de un novedoso sistema constructivo para las bóvedas de hormigón. Éstas se cubrieron en el interior con viejas tejas de barro recuperadas a manera de formaletería permanente, labor en la que colaboró el ingeniero estructural Álvaro Camacho, y que le da a la casa un carácter añejo que la enriquece.
El proyecto cuenta con 550m² construidos, más 140m² de terrazas y jardines y un programa arquitectónico que se desarrolla en cuatro niveles. El primer nivel se adecuó como área de oficina al inicio, pero hoy se constituye en cuatro apartamentos independientes. En el segundo piso se encuentran los ambientes sociales de la casa con sala, comedor, estudio y cocina‑ésta se comunica con el jardín mediante un puente‑. En el tercer nivel están la habitación principal, otro espacio de descanso y un gran jardín con pasarelas en madera de teca que permite disfrutar de una vista de 360° sobre el barrio histórico. En el último piso hay otro espacio de descanso, que además de mirador, funciona también como habitación de huéspedes.
La presencia de las tejas de barro, el ladrillo a la vista y ciertos muros sin pañetar dan cuenta de técnicas constructivas ancestrales ‑como la tapia pisada‑, y se convierten en testimonios del paso del tiempo. A estos materiales cálidos se suma el color que se hace presente en la casa desde la fachada. El naranja y el azul están en exterior e interior, junto con colores como el rojo o el negro, que aparecen a través de la cerámica vitrificada de pequeño formato ‑producida por Corona y aplicable a múltiples superficies, entre ellas fachadas de edificios‑, que aquí se encuentran en los pisos y la cocina, donde es protagonista de la isla que concentra el punto de cocción y de lavado.
Los espacios de la casa se conformaron saliéndose de lo convencional, como lo dejan ver los ambientes más privados y las áreas sociales. Para la muestra, el diseño de una mesa de centro en la sala principal ‑hecha con ladrillo, madera y vidrio‑ que se constituye en una claraboya que lleva luz natural al zaguán, o la escalera en caracol en acero pintado de negro que conduce hasta el cuarto nivel; o los paneles corredizos de madera tapizados con textil, que sirven para independizar el punto de descanso en la habitación principal del espacio destinado al entretenimiento alrededor de la televisión.
Como dice el arquitecto, “el trabajo en el lugar no consistió en repetir o imitar, sino en establecer un diálogo entre lo antiguo y lo nuevo”. El resultado es una vivienda singular en el barrio histórico de La Candelaria.
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