En el barrio Laureles de Medellín, desarrollado entre 1950 y 1970 con casas amplias, embellecidas por antejardines, andenes y vías generosas, se encuentra este proyecto que, luego de su remodelación, mantiene el espíritu modernista que caracteriza el sector.
Para el arquitecto Carlos Molina, con la revitalización de esta vivienda se demuestra cómo una familia joven puede vivir cómodamente en el barrio y disfrutar de una gran calidad de vida al retornar a uno de estos inmuebles.
Se partió de una casa de 400m², originalmente de un nivel, para desarrollar una propuesta fresca que dejó atrás su programa cerrado con su serie de habitaciones, una seguida de la otra, por un nuevo planteamiento que se implementó en dos niveles. En el primer piso, los espacios sociales totalmente abiertos; y en el segundo, cuatro habitaciones con sus respectivos baños y un estar de alcobas.
Se logró una “casa urbana”, que como dice el arquitecto, responde a nueva manera de vivir. Sus espacios son amplios y cuenta con grandes luces, que en el primer piso pueden alcanzar los tres metros libres de altura, para lo cual fue necesario reforzar la construcción con una estructura metálica. La transparencia creada en los nuevos espacios permite que desde la puerta de entrada se aprecie el patio trasero, convertido en un solárium con piscina.
El solárium con piscina es totalmente protagonista. Todos los espacios del primer piso se conectan de alguna forma con este punto, bien sea porque se abren a este lugar, como es el caso de la sala y la cocina, o porque se relacionan visualmente con éste, como ocurre con el comedor. Desde el segundo piso también se puede acceder allí, atravesando un puente de metal con vidrio que lleva a la escalera empotrada, desarrollada a partir de pasos de concreto. Allí, un deck de madera de teca se combina con la piedra para conformar el lugar, y un par de palmeras traídas por el arquitecto terminan por dar un toque especial a este espacio alrededor del agua.
Para la casa, éste es un espacio tan vital que la cocina abierta a la sala y el comedor también se proyectan a este punto a través de ventanales que van de piso a techo. Para disfrutarlo mejor se diseñó un largo mesón en quarstone que, a manera de barra, permite sentarse a contemplar la vista.
La cocina que diseñó enteramente el arquitecto Carlos Molina, con la ayuda de la firma HA Cocinas, se resuelve espectacularmente con una gama de colores en la que prima el negro, el blanco y el rojo. Allí, la elegancia de los muebles viene dada por su acabado en chapilla de madera tipo wengue con dilataciones en aluminio, en combinación con materiales tan versátiles como el corian. En el mesón central, donde se instaló el punto de cocción, éste crea una nitidez sólo comparada con el piso en porcelanato, también blanco.
La calidez y frescura del interior se empieza a sentir desde la misma fachada de la casa, desarrollada en vidrio y piedra muñeca junto a un trabajo de mampostería en el que se usaron materiales como la arena de cuarzo, para garantizar la blancura y durabilidad del material. De cara a la fachada y encima del estacionamiento, se ubicó el estar de alcobas y la habitación principal, los cuales cuentan con condiciones inmejorables en materia de luz natural.
Así se pasó de una casa de una planta a una de dos, donde todo está pensado para disfrutar en familia.
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