El planteamiento de renovación y actualización de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional de Colombia, construida en 1970, fue motivado por el respeto a un proyecto que hace parte del patrimonio arquitectónico de la institución, conocida como la Ciudad Blanca; además de obedecer a una necesidad práctica: concentrar allí las bibliotecas de la Facultad de Artes de la Universidad.
La remodelación y actualización del edificio supuso un ajuste arquitectónico, un reforzamiento estructural y un cambio de mobiliario; es decir, una intervención total y profunda para ofrecer condiciones de confort a los usuarios, que llegan a los 812.
Para asumir tal intervención se hacía necesario la participación de un equipo interdisciplinario, que encabezó el arquitecto Camilo Avellaneda y que fue apoyado por el ingeniero Alejandro Jiménez para el proyecto hidráulico; así como por Alberto Giraldo para el proyecto eléctrico, Michel Ewert para el proyecto acústico, Ana María Sarmiento en el aspecto de mobiliario y Jorge Ramírez para el proyecto bioclimático, tema que aquí nos ocupa.
A propósito de esta gestión conjunta, comenta Ramírez: “Los proyectos de arquitectura hoy no los saca adelante un solo arquitecto, son un trabajo de conjunto”. Y eso fue precisamente lo que se dio en el proyecto.
“Hoy se habla de una ‘cuarta estética’”, dice Ramírez, “que se deriva de la atención al aspecto bioclimático. Ahora se busca que la estética parta de entender los cambios de la naturaleza para que el proyecto funcione bien. La búsqueda estética está ligada a todos los requerimientos para generar soluciones a la parte ambiental”.
Fueron precisamente estos asuntos de los que se ocupó el arquitecto, teniendo en cuenta que se trataba de un espacio con alto flujo de personas, y que debía ofrecer mucho confort para que las actividades que se realizan allí ‑leer, investigar, estudiar, escuchar música, etc.‑ pudieran realizarse de manera óptima. Había que ocuparse de temas como el de la temperatura al interior del edificio, y el de las condiciones acústicas y de iluminación en un recinto que alberga a 250 personas por piso.
Lo primero que resalta Ramírez es que se encontró con un edificio con muy buenas condiciones. “Su patio central ‑hall de acceso‑ contaba con una chimenea central en medio de la bóveda celeste que permite dar luz desde el último piso hasta el primero. Aprovechando este hecho, se generó un tiro de aire caliente”, afirma.
“Esto se consiguió retirando la cubierta fija de vidrio y diseñando una nueva cubierta con una dilatación de 80cm. Sobre este punto pega el sol y la temperatura llega a 28 grados centígrados; como ese aire caliente sale por los costados y deja un espacio vacío, éste se reemplazó por el aire que viene subiendo y que se conecta con un sistema de entrada de aire fresco desarrollado a partir de las aberturas que se situaron a la altura del piso en el segundo nivel del edificio y en las ventanas en los pisos 3 y 4 con la instalación de láminas metálicas perforadas”. Así se logró que el inmueble tuviera una temperatura promedio que oscila entre los 18 y los 23 grados centígrados para conseguir el confort térmico.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, en un espacio de arquitectura son aceptables hasta 400 partes por millón de gas carbónico, y en el caso de la biblioteca se llega a 100 partes por millón de gas carbónico, por lo que sus niveles en el ambiente son bastante aceptables. De esta forma se elimina la posibilidad de experimentar somnolencia y cansancio debido al exceso de aire contaminado en un recinto.
En otras palabras, dice Ramírez: “Produjimos una correcta renovación de aire mediante aperturas situadas en las fachadas, cielo rasos y entrepisos que se comunican todos con el termosifón central, el cual permite la salida del aire caliente. Suprimimos de esta manera todos los sistemas mecánicos de ventilación, el ruido que éstos producían y el elevado consumo energético”.